domingo, 14 de octubre de 2012

Un viaje infernal.

Hace un rato que llegué a La Paz (Bolivia). No sabía si llegaría. El bus que tan buena pinta tenía comparado con los otros que también se dirigían a Bolivia, resulto ser un infierno. Me subí felíz y relajada después de pasar tres días desconectada del mundo en una comunidad ecológica de los Hare Krishna. Fueron tres días de trabajos voluntarios que me
supieron a retiro espiritual. Para pagar mi hospedaje y comidas, tuve que dar de comer y beber a las llamas que allí había, ayudar a hacer pan e ir a venderlo al pueblo, limpiar, cocinar, pintar algunas paredes ya descascarilladas y guiar a la gente que venía a visitar la comunidad y explicarles de qué se trataba. Me encantó hacer aquellas tareas rodeada de naturaleza y del sonido de pajarillos. Fue un lindo intercambio por el hospedaje en un Truly (Domo de adobe) y por las tres comidas orgánicas diarias. De hecho, me fui con pena esta mañana a tomar el bus al pueblo. Pero también tenia ganas de cruzar ya la frontera y conocer Bolivia; el
tíbet de Sudamérica, según leí.
Eran 7 horas en bus. No muchas, pero 7 horas por carreteras llenas de curvas que superaban los 4000m de altitud sobre el nivel del mar. Temía el mal de altura.
La noche anterior ya algo no iba bien. Al acostarme, me
dieron retortijones de barriga y los gases eran para salir corriendo. Dormí fatal a causa de ello y de los nervios del viaje. De hecho, me
equivoqué y puse la alarma una hora antes de la que correspondía y me
di cuenta al llegar a la terminal. Una hora se sueño perdida y una hora de espera aburrida en la terminal. ¡Qué le vas a hacer!
Así que una vez en el bus, rezaba para que mi barriga se portara bien y no me dieran ganas de ir al asqueroso baño del bus, ni de tirarme aquellos pedos apestosos. Se ve que Dios duerme las mañanas de los domingos y no hace caso a los rezos.
Llevábamos un par de horas ya en camino, cuando empezaron las curvas y se hizo notoria la falta de aire acondicionado del bus. La falta de ventilación empezaba a condensar el
ambiente y el calor del sol a través de la ventana me hacia sudar. Me saqué toda la ropa que pude pero, sin aire fresco, con las curvas y la manera de conducir del chofer, el mareo ya era inminente.
Por suerte, pensé, nos sirvieron algo de comer: arroz tres delicias. No me podía sentar mal a la barriga, así q, me
lo comí con hambre. Media hora después empezaron los retortijones, los
gases y a bajarme la tensión. Intenté concentrarme en la respiración, pero los
sudores fríos y la sensación de desmayo no remitían. Antes de vomitar el asiento, me levanté como pude para llegar al baño. Apenas podía mantener los ojos abiertos y daba tumbos a lo largo del pasillo, pensé que me desmayaba ahí mismo. Alcancé el baño, me bajé los pantalones como pude y me senté de golpe sin mirar la taza ni nada. Desplomada sobre la taza me
sentí morir..el sudor frío me recorría el cuerpo y la diarrea y los vómitos no cesaban. Por suerte el baño tenía una pequeña ventana y estaba abierta, así que, por ahí entraba el aire fresco de la cordillera que me fue despejando poco a poco. Después de no sé cuánto tiempo sentada en la taza, empecé a sentirme mejor y pensé en la idea de volver a mi asiento. Pero antes de levantarme, miré por todas partes y no había papel
para limpiarme. Los pañuelos se me habían quedado en el bolsillo de la chaqueta que me
había quitado cuando el calor me
abrasaba. ¡Mierda!, nunca mejor dicho. Miré en mi riñonera dispuesta a limpiarme con lo que fuera y, por suerte, encontré una toallita húmeda de Air Europa que había guardado cuando comencé este viaje. ¡Menos mal! Ya me había imaginado
con el
culo cagado el resto del trayecto...qué perdida de clase, señores. De todos modos, el
olor que salió del baño cuando abrí la puerta para volver por fin a mi asiento, ya supuso una pérdida de clase importante.
Aunque mejor, seguía sintiéndome
débil e intente recostarme y dormir un poco. No sirvió de nada. Nada más sentarme, volví a sentir todo ese calor humano y la falta de ventilación del bus. A eso se le unían las curvas cada vez más pronunciadas o la prisa del chofer por llegar y la película americana de disparos a todo volumen. Un cóctel perfecto. A la media hora de intentar aguantar todo aquel bochorno, me
levanté de nuevo medio desmayada hasta el
baño. Diarrea de nuevo y sudores fríos. Pero aun así, sentía q se estaba mejor allí con el aire fresquito de la ventana que en mi asiento nauseabundo.
Llegamos a la
frontera y tuve que salir del baño. Esta vez había llevado los
pañuelos.
Bajé del bus a duras penas y pedí agua. No tenían. Tampoco había sillas, así que, me senté en el
suelo debilitada y con la tensión aún baja a esperar la fila de sellado de pasaportes. A pesar del
olor a gasoil de los
camiones, al menos corría
aire fresco que me espabiló un poco. Estaba tan débil y mareada que parecía drogada. Cuando terminamos los trámites y volvimos al
bus, la
tortura continuó de nuevo hasta el final del trayecto. El final del trayecto era la capital boliviana, La Paz, pero mi intención inicial no era pasar la noche en una gran cuidad. Mi idea era tomar otro bus (unas tres horas más) hasta un pueblito cercano al lago Titicaca. Cuando llegamos a la estación de buses de la decadente y caótica
La Paz, casi beso el suelo. Me
pareció el paraíso y, por
supuesto, no tomé ningún bus más ese día. Sólo
deseaba encontrar una cama y dormir, pero claro, yo no había mirado hospedaje alguno en aquella gigantesca ciudad, así que, le pregunté a unos belgas que venían en el mismo bus que yo, si ya tenían un hostel reservado y me dijeron que sí, que era barato y cómodo. Compartimos
un taxi y nos fuimos directos al
hostel. Y aquí estoy, tomándome
una manzanilla en la cafetería del hostel y describiéndoles mi lindo día antes de perderme en la
cama hasta mañana.
Ahora ya no puedo más:
Un beso de buenas noches...zzzz...

Foto1: Con los pies de nuevo en el Pacífico (playas de Arica, norte de Chile).
Foto2: Interior templo Krishna (domo adobe)
Foto3: Eco Trulys (Domo de adobe)
Foto4: Una de las llamas de la comunidad.

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