Una semana llevo ya descubriendo los muchos secretos que guarda San Pedro de Atacama. Pero como sigo pensando que una imagen vale más que mil palabras, les ilustro dichos secretos con fotografías (y disculpen la calidad; están tomadas con el teléfono).
Ahora bien, sí quiero dedicar un tiempo a describir una pequeña aventura que me pasó ayer. Alquilé una bici para ir a la Laguna Cejar, una laguna salada que se encuentra a unos 20 km del pueblo: "mmm.. 20 km no es tanta distancia en terreno llano... ¡lo voy a hacer!", pensé. Así que, salí temprano y tomé la carretera principal; una recta que se perdía en el infinito donde a ambos lados no había más que desierto. Pedaleé feliz durante una hora distraída con el silencio y la inmensidad del lugar hasta que encontré el desvío que me llevaba a la laguna. El desvío era un camino de tierra y arena donde no me importaron los baches, ni la pesadez de pedalear sobre la arena porque ya me quedaba poco, creía. El sol iba apretando cada vez más, mi trasero empezaba a notar la rigidez del sillín y yo no divisaba laguna alguna. Empezaba a inquietarme: no me había cruzado con nadie en el camino, ¿sería el camino correcto? Tenía que ser. Seguí unos buenos kilómetros más, sin saber cómo sentarme ya en el sillín, hasta que encontré de nuevo un desvío donde pasaron unos ciclistas y unos autos. "Tiene que estar cerca", me entusiasmé. Olvidé el dolor de culo, el peso de la mochila y el calor y pedaleé rápido en la dirección correcta. A la media hora apareció en la llanura una casita de barro que era la entrada a la laguna. Le pregunté al chico por el camino que yo había tomado y me dijo que me había equivocado, que había tomado el más largo, unos 30km, y que el corto, donde me había encontrado con los ciclistas, era de 18km. Me cagué en mis
muertos, pero me alivió pensar que el regreso sería mas corto. Le di las gracias al
chico por la información y le pagué la mitad de la entrada haciéndome
pasar por estudiante.
Como pude me
dirigí a la laguna, me temblaban las piernas. Dejé las cosas a la sombra y me acosté extenuada. Me dolía todo. Después de un rato de recuperación, me incorporé y comencé a observar la belleza del lugar. Era precioso e impensable que en medio de un desierto existiera una laguna de aquel color turquesa. Me puse el bikini y fui al agua, pero estaba helada, así que, solo alcancé a mojarme hasta las rodillas. Deambulé por el lugar maravillada por su belleza y tomé algunas fotos. El silencio era sepulcral. Delicioso. La cordillera de los Andes coronada por el volcán Licankabur (6000m) hacía de telón de fondo del aquel bello lugar. Me acosté un rato, pero las moscas no me dejaron echarme una siestita, así que, irritada me levanté y como me sentía plenamente recuperada y animada por toda aquella belleza, decidí hacer los 11km más que había hasta unas pozas de agua dulce: los Ojos de Salar de Atacama. Me subí en la bici y me sentí bien, así que, pedaleé feliz e inconsciente de la vuelta que me esperaba. Tras media hora de pedaleo, me encontré rodeada de un inmenso salar; el famoso Salar de Atacama. Parecía nieve. Era precioso e intentaba olvidar el dolor de trasero y el cansancio de piernas con el paisaje. A veces lo conseguía y muchas veces no. Al rato, al ver que no llegaba a ninguna parte, empecé a desesperarme y a pensar en dar media vuelta, pero continuaba pedaleando en la misma dirección. Seguí como una hora más por un camino de tierra en absoluto liso hasta que de repente aparecieron en el suelo las dos pozas. No lo podía creer. Me bajé a duras penas de la bici, estaba exhausta y acalorada. Miré alrededor y no había un alma en kilómetros a la redonda, así que, me saqué toda la ropa y me tiré al agua. Qué delicia... el agua era dulce y fresquita y estaba sola y en pelotas, qué más podía pedir. En un minuto había pasado del infierno a la gloria.
Las pozas eran bonitas también, el agua estaba calma y se reflejaban las montañas en ella. Pasé unas dos horas de paz absoluta, inmersa en aquel paisaje de contrastes hasta que apareció un vehículo
con turistas y salí forzosamente de mi ensimismamiento. Entonces, me di cuenta de que el sol ya empezaba a ponerse y que tenía que regresar. Así que, tentada de pedirle al bus de turistas que me llevara con ellos, me contuve y decidí intentar el regreso: 11km hasta la laguna y 18km hasta el pueblo, eso hacía un total de 29km. Pensé que sería capaz, pero no tuve en cuenta un factor: el viento. Una vez subida en la bici y pedaleando de vuelta, noté cómo se había levantado el viento, pero lo malo no era el
viento, sino su dirección; lo tenía justo en contra. Mierda para mí.
Cuando estudiaba en la universidad mi único medio de transporte era la bici y me encantaba, pero si había una cosa que me desquiciaba no era ni el
tráfico, ni la lluvia, ni el frío, sino el viento en contra que no te deja avanzar.
Pues allí, estaba en medio de la nada, con 30 km por delante, el viento en contra y sin agua. Qué buen plan. Volví al infierno en un santiamén. Y bueno, pedaleé, qué otra cosa iba a hacer. Pedaleé de todas las formas que conocía con tal de no apoyar mucho el culo en el sillín porque el dolor ya se había transformado en quemazón. Sentía los huesos pélvicos como
cuchillos clavándose en la piel de las posaderas. Me ardía. Pedaleé con la esperanza de que pasara algún coche o un bus o alguien que me llevara. Lo más con lo que me cruce fue con otros ciclistas que iban en la dirección opuesta a la mía contentos porque el
viento les empujaba. Ja. Paré una vez a masajearme el
trasero y el supuesto alivio que sentí desapareció nada más subirme a la bici. Así que, me volví a subir y ya no paré más hasta que logré llegar al pueblo tras recorrer los 30 kilómetros más largos de mi vida.
A pesar de la paliza, debo reconocer que fue un día increíble; de paisajes alucinantes, de momentos de silencio absoluto que me supieron a gloria y de superación de mis propios límites.
Ahí les dejo con las fotos de un día que jamás voy a olvidar: tanto por lo bueno, como por lo malo.
Besos altiplánicos!!
Foto1: El Salar de Atacama
Fotos2: Refrescandome los pies en la Laguna Cejar.
Foto3: Amanecer en el Campo de Géiseres El Tatio. A menos 15°!!
Foto4: Pedaleando en la carretera sin fin que cruza el desierto de Atacama.
Foto5: Laguna Cejar.
Foto6: Ojos del Salar de Atacama.
Foto7: Termas en el campo de Geotérmico El Tatio. Agua: 35° Temperatura exterior: -10°
Foto8: Laguna Cejar y Cordillera de los Andes al fondo con volcán Licancabur.
Foto9: Casas de barro en un pueblito altiplanico.
Foto10: baño en pelotas en los Ojos del Salar de Atacama.
Foto11: Géiseres al amanecer en el Campo geotérmico El Tatio.











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