Y aterrizó el avión en el aeropuerto de Lima. Y no había Plan D. Y nos quedaba una hora y media para la salida del vuelo a Costa Rica.
Había que inventar algo y no se me ocurría nada o, mejor dicho, sí se me ocurrían cosas, pero eran auténticas locuras. No colarían.
Descendimos del avión y recogimos nuestro equipaje. Cabe decir, que en el aeropuerto de Lima no se trabaja con la rapidez que en otros aeropuertos del mundo, con lo que, en las dos actividades anteriores, nos demoramos más de media hora. Es decir, nos quedaba menos de una hora para pincharnos la vacuna y facturar las maletas de nuevo. El tiempo apremiaba. Una vez que las maletas estaban en el carro, mi madre y yo corrimos como locas en aquel aeropuerto desconocido buscando la terminal de salidas internacionales. Cuando la encontramos, buscamos los mostradores de nuestra compañia aérea. Una vez delante de los mostradres, me detuve a cierta distancia a observar a cada una de las azafatas que los atendian. Busqué minuciosamente a la más vulnerable, cual abogado en proceso de selección de su jurado. Rápidamente me decidí por "una": el único azafato varón. Lo siento lectores, pero los hombres sois más vulnerables ante las mujeres que las propias mujeres.
Nos acercamos a su mostrador y, bien sonrientes y educadas, le entregamos nuestros pasaportes y billetes. Nos saludó muy amablemente, tomó nuestros documentos y empezó a introducir los datos en el ordenador. Parecía que todo iba bien cuando, de repente, alza la vista y nos pregunta por la dichosa cartilla de vacunas a las dos. ¡Mierda! Nos hicimos las suecas, con lo que, se repitió la secuencia del aeropuerto anterior; preguntas y respuestas, reclamos y sùplicas. No sirvió para nada, sólo para perder más tiempo. Y, por si no fuera suficiente con la negativa del azafato a embarcarnos, se acercó la supervisora de facturación a preguntar qué estaba ocurriendo. Sin duda, no era nuestro día, pensé. Pero resultó ser más benévola ella que él (¡qué mal ojo el mío!). Nos repitío que, efectivamente, no podían permitirnos embarcar sin la cartilla de vacunas, y que, efectivamente, había un centro sanitario en el mismo aeropuerto donde nos podrían poner dicha vacuna, pero que, efectivamente, las vacuna tenía que haber sido puesta con 10 días de antelacíon a la salida del vuelo. Así que, efectivamente estábamos jodidas. Pero alegó un pequeño dato más (y he ahí el por qué de su benevolencia) cuando dijo que, lo único, recalcó, que ellos requerían era la presentación de dicha cartilla y que la fecha de la vacuna fuera la correcta, nada más. Y se me ocurrío el Plan D, F o G, ya había perdido la cuenta de las estratagemas que utilicé para lograr que nos facturaran. Quedaban 20 minutos para el cierre del vuelo. Subí de nuevo las maletas al carro, cogí los documentos, a mi madre y me fui corriendo al centro médico: allí tendría que estar la solución. Llegamos exhaustas y una señora mayor y corpulenta nos miraba expectante por detrás del mostrador. Le conté lo que nos ocurría entre bocanadas de aire y con cara de asombro nos dijo:
Enfermera: -Ay, pero no les pueden hacer eso, vayan de nuevo a hablarles para que les dejen tomar ese avión...bla, bla bla..
No se estaba enterando de nada.
Tacha: -Señora, ya hemos intentado todo para que nos dejen embarcar, pero sin la cartilla no tenemos nada que hacer. ¿Puede usted ponernos la vacuna y no poner la fecha de hoy, sino de hace 10 días?
Y se lo solté así.
E. -Ay, Señorita, yo no sé, tendrá que hablar con la doctora a ver si le permite...
T. -Bueno, pues llévenos con la doctora. Rápido.
Le explicamos todo a la doctora y le supliqué el cambio de fecha y dijo:
Doctora: - ¡Ah, no, no, no! Podemos ponerles la vacuna, si quiere, ¡pero la fecha será la del día de hoy!-, exclamó.
Tacha: - Pero Doctora, por favor... - le supliqué una vez más.
D. - Lo siento, pero no puedo hacer nada más por ustedes. No hay más que hablar. - Zanjó.
Me derrumbé. Mi plan D, F o G, no había funcionado y ya no había ningún hilo más del que tirar. Perdí toda esperanza.
Entonces la enfermera corpulenta que había escuchado la conversación tensa con la doctora, me preguntó la edad de mi madre.
Tacha: - 64. -Le dije,- ¿por que?
Enfermera: -Porque debido al riesgo que los efectos secundarios de la vacuna pueden causar a personas mayores de 60 años, ella queda exenta de dicha vacuna.
T. -¿Ah, si?
E. - Sí, le podemos hacer un certificado firmado por la doctora, como que queda exenta y la compañia aérea la dejará volar.
Le preguntamos a la doctora y, en efecto, había solución para mi madre. Era una buena noticia, pero ¿y yo? Entonces, mientras mi madre estaba con la doctora realizando el trámite, me acerqué a esa señora corpulenta que parecía saber más de lo que decía y le pregunté en un susurro si no había "alguna" manera de arreglar aquello. Y, me miró a los ojos y con ellos me indicó que mirara al bolsillo de su bata de enfermera, donde tenía la mano metida. Miré y sacó levemente su mano para que pudiera ver la cartilla que allí escondía. El corazón me dió un vuelco. La miré a los ojos de nuevo y asustada le pregunté si aquello serviría. Asintió con la cabeza, pero su actitud denotaba duda. Quizá no estaba acostumbrada a realizar asuntos de ese tipo, pero ¿quién era yo para juzgar, sino una mujer deseperada? Me llevó aparte y me enseño la cartilla bien. La observé con detalle, era amarilla y me pareció algo vieja y descolorida. Me dijo que ése era el modelo antiguo de cartillas, que las de este año eran azules, pero que de todos modos me serviría. ¿Seguro que servirá?, le volví a insistir, y ella me dijo que si yo tenía dudas que no lo hacíamos, que era un riesgo para ella también.
De repente me imaginé en el mostrador de facturación entregando al azafato una cartilla de vacunación vieja y descolorida emitida en Perú antes del 2012. Y me imaginé al azafato mirando mi pasaporte y comprobando que no había ningún sello que demostrase que yo había estado en Perú antes del 2012. Con lo cual, era imposible que yo me hubiera vacunado en Perú, con lo cual ese cartilla era fraudulenta, con lo cual, me imaginé al azafato llamando a la policía para que me detuvieran por la utilización de documentos públicos falsos. Y me imaginé en la cárcel de Perú. Y tragué nudos.
Miré a la señora de nuevo y le pregunté, ¿cuánto? y se encogió de hombros. Saqué mi cartera y le enseñe un billete de 50€. Ella asintió. Se lo dí y ella se levantó y se fue al baño. Regresó en unos minutos con la cartilla en la mano, había escrito cosas en ella; la vacuna de la fiebre amarilla y mi nombre. Le estampó varios sellos y me pidió el pasaporte. Se lo dí, metió la cartilla dentro y me lo devolvió. No nos miramos, no nos dimos las gracias, no nos sonreimos. Me di media vuelta y busqué a mi madre. Ya había terminado y tenía su certificado de exención. La cogí de la mano y le dije;
Tacha: -Vámonos, mami, ¡rápido!
Corrimos de nuevo empujando el carro de las maletas hasta el mostrador de facturación y le entregamos los documentos al azafato. Los tomó y los comprobó. Los de mi madre estaban bien y el azafato le dio su tarjeta de embarque. ¡Bien! Pero, mis documentos no estaban tan bien, resultó que en mi cartilla aparecía que me había vacunado el 22 de diciembre de 2012, no de 2011. El azafato me miró con ternura y me dijo que no podía aceptar esa cartilla con esa fecha. Le dije que era un error tipográfico, que no era culpa mía. Me dijo que lo entendía, pero que él no lo podía aceptar así. Cogí la cartilla y corrí de nuevo al centro de salud. Miré antes de entrar, no había nadie más que la enfermera. Entré y le dije que se había equivocado con la fecha. Lo miró y se lamentó, me dijo que los nervios la habían traicionado. Sacó una goma de borrar bolñigrafo borró el último 2 del 2012 y puso un 1. Por supuesto, quedó fatal y el remache se notaba a la legua, pero me dijo que no tenía más cartillas para hacerme una nueva. Cogí la cartilla y salí corriendo hacia el mostrador. Se la entregué jadeando al azafato. Ya era la hora del cierre del vuelo. La cogió y la miró, la miró y la remiró y se sonrió y se fue a buscar a la supervisora y se la enseño a ella. Me tembló todo el cuerpo. Regresó y me dijo que no podía aceptar aquella cartilla con aquella fecha de números dudosos. Me recomendó que me hicieran una nueva y entonces todo estaría bien. Corrí de nuevo al centro de salud y, esta vez, había gente dentro y también estaba la doctora en su despacho. Entré despacio y la enfermera me miró por encima de la gente. Me acerqué y le susurré que necesitaba una cartilla nueva, bien hecha y con la fecha correcta y que, entonces, me embarcarían en el vuelo. Dejó a la gente que estaba atendiendo y se fue al baño de nuevo. Yo respiré intentado tranquilizarme y recuperar el aliento y, de repente, apareció la doctora y al ver que había gente sin atender se puso a buscar a la enfermera. A mí estaba a punto de darme un infarto, cuando oí que la enfermera de decía a la doctora desde el baño que en un instante salía para atender a la gente. La doctora asintió y volvió a su despacho. Y al momento salió la enfermera con la cartilla nueva, le puso los sellos, me pidió el pasaporte, la metió dentro y me lo dio. Nos miramos y me fui corriendo.
Ya sin aliento y sudando por todos lados, llegué a facturación donde me esperaba mi madre y el azafato. Le di la cartilla y, por fin, la aceptó. Me entregó la ansiada tarjeta de embarque y nos dijo que fueramos urgentemente a la puerta de embarque. Corrimos y corrimos, y pasamos corriendo los filtros, y llegamos corriendo a la puerta de embarque. No había nadie, éramos las últimas, pero pudimos entrar.
Hasta que el avión no despegó de Lima, aterrizó en Costa Rica y yo pasé el control de inmigración, no pude relajar músculo alguno de mi cuerpo. Y, hasta que no recogimos las maletas, salimos del aeropuerto y nos subimos a un taxi, no me atreví a sonreir. Habían pasado tantas cosas aquel día, que todo era posible. Ahora bien, una vez estuve sentada en el taxi y veía como éste se iba alejando cada vez más del aeropuerto de Costa Rica, respiré profundo, sonreí, miré a mi madre y nos dimos un abrazo que jamás olvidaré.
Un beso muuuy grandeeee.
Pd: Eternamente agradecida a esa enfermera que nos salvó las vacaciones.
Joder Ta... vaya historia!!! Vas a tener anécdota para rato... y que bueno que encontraras una persona que te echara una mano en esa situación.
ResponderEliminarDesde luego que con lo que les ha costado llegar a Costa Rica disfrutarán mas de la estancia!!.
Besos.