Cuando conseguí salir del Cabo Polonio, me fui directa a una comunidad que me había recomendado la dueña del Noctilucas. Noctilucas es la posada donde me estuve hospedando o, mejor dicho, la casa que me acogió todo el tiempo que estuve en el Cabo. Fabiana, la dueña, me cuidó como a una hija, fue estupenda, de hecho, no me cobró la última semana que estuve allí. Fue una experiencia muy linda, entre todos los que estuvimos allí formamos un pequeño hogar; cada uno aportaba lo que sabía según sus habilidades, en mi caso; "por la boca muere el pez": me ocupaba de los desayunos, cenas y clases de surf. En una ocasión en el desayuno les preparé el Typical Spanish "pan tumaca", cómo se deleitaron ;-) y en el resto de desayunos me encargué de convertirles a todos en adictos a la mantequilla, y, en las cenas, al ajo, carajo!! Y así nos enriquecimos unos a otros lo que hizo que cada vez se me hiciera más difícil salir de allí.
Hay algo que me gustaría compartir;
el día que me fui, desde que me subí al autobús, me sentí muy triste, pero no fue eso lo que me sorprendió. A medida que me alejaba, a la tristeza se le sumó una profunda desorientación. Me sentía perdida. Sabía que me dirigía a la comunidad La Tahona, pero no entendía por qué me dirigía allí, para qué. De repente nada tenia sentido. Me empecé a asustar porque todo estaba careciendo de razón de ser y me invadían sensaciones muy extrañas. No comprendía el cambio brusco de mi estado de animo: tan feliz en el Cabo y tan perdida fuera de él. No entendía nada. Llegué a la comunidad La Tahona y me instalé en un Tippi (tienda India), donde me encerré durante dos días. No quería saber nada de nadie ni del mundo, no sabia lo que me pasaba, estaba asustada y lo único que quería era estar sola. No comí. Sólo respiraba, meditaba e intentaba sentirme, sentir toda aquella desorientación, todo aquel caos interior, toda aquella oscuridad. En algún momento pensé que me estaba volviendo loca o que me habían echado magia negra, yo qué sé, no entendía nada de nada, estaba desesperada por encontrar una respuesta a aquella situación emocional tan caótica y tan inesperada. Incluso pensé en regresar a Tenerife. Pero tuve paciencia e hice lo que tenia que hacer; no huir, sólo sentir y escuchar mi cuerpo, dejarlo sacar todo aquellos sentimientos grises, darles espacio y sentirlos. Lo hice noche y día y noche y día. Además escribí, escribí desesperada todo lo que me estaba pasando y, en alguna ocasión hablé con mi amiga Lilian (la chica con la que vine a Uruguay), quien además de respetar mi espacio y aislamiento, me ayudó escuchando mis divagaciones. Gracias, Lilian. Poco a poco fui entendiendo lo que me pasaba o, eso creo. Para mí fue una situación paralela a la de mi salida de Tenerife. La salida de Tenerife, el comienzo de este viaje, fue como salir del nido familiar de forma definitiva; elegir voluntariamente mi camino desde la conciencia y la madurez. Esa separación emocional o quiebre familiar es, a la vez que necesario, una situación difícil emocionalmente y dura. Como el pajarillo que se lanza por primera vez del nido; le azotan el miedo a la caída, la inseguridad de si sabrá volar, el miedo a perderse, el pánico a la inseguridad del mundo que puede haber más allá del nido, la incertidumbre. Son muchos miedos, muchos sentimientos encontrados, pero sólo un camino; lanzarse y volar. Cuando salí de Tenerife, sentí algo de todo esto, pero no tuve el espacio real de sentirlo porque empecé rápidamente el curso de permacultura, donde no tuve tiempo ni de pensar, ni de sentir nada; inconscientemente me distraje muy rápido de todo aquello que bullía en mi interior. Pero cuando uno no vive lo que tiene que vivir, la vida nos lo vuelve a poner de nuevo por delante para que pasemos los filtros que nos toca afrontar. Y mi nuevo filtro, mi situación paralela, se dio en el Cabo Polonio. Allí me sentí como en casa; con el mar, la playa y la gente que conocí...llevé el tipo de vida que desearía llevar el resto de mi vida; tranquila, sosegada, sumergida en un entorno natural, siguiendo el ritmo del sol...mm.. delicioso..
Por eso se repitió la situación, porque fue como volver a entrar en el "nido"; me sentí segura, protegida, a gusto, feliz... y cuando salí del Cabo, fue como tener que volar de nuevo...y ahora sí, con todo el tiempo para sentir todas las emociones y sentimientos que no pude experimentar cuando salí de mi primer nido; Tenerife.
La verdad es que fue muy desagradable sentir todo ese miedo, tanta incertidumbre, tanta soledad y desesperación. Pero no todo es bello y agradable en la vida y, sobretodo, no podemos quedarnos sólo con la parte rosa de ésta, porque esa es sólo para disfrutar y regocijarse, pero la otra es la que realmente nos sirve para aprender, para conocernos y para saber nuestro autentico camino en la vida.
Además, cuando nos damos el tiempo para escucharnos, por malas que sean las sensaciones y por dura que sea la tormenta, ésta pasa, siempre pasa y, cuando pasa, y nos damos cuenta de que hemos sido capaces de soportar la embestida, y de que, además, vemos todo con mayor claridad y sabemos lo que queremos con toda seguridad, la sensación de gratitud y de felicidad que se genera es tan grande que no te cabe en el pecho. Sientes un profundo agradecimiento por la paciencia que has tenido para contigo y te desborda el amor, amas el universo; a todo y a todos porque, ante todo, te amas a ti y estás en paz contigo. Es maravilloso.
Y bueno...éstas son mis reflexiones después de dos días de aislamiento. (y mama, por favor, no me digas que es tiempo perdido!! ;-) )
Además, mi conclusión es la siguiente: ya sé cómo quiero que sea mi hogar, pero no es hora ahora de crearlo. Siento que es tiempo de aprendizaje y de autoconocimiento, de descubrir y experimentar, de volar. Llegará el momento en que desee enraizarme y crear mi propio nido y, cuando ese momento llegue, desde ya sé cómo quiero que sea ese lugar mío.
un beso a todos. y feliz vuelo.

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