sábado, 5 de noviembre de 2016

Sueño desde un sueño.

El Atlántico. Sonido de gaviotas, olor a mar, el calor del sol del mediodia sobre mis hombros. El placer de observar el
horizonte infinito apoyada en la barandilla de una terraza de madera entre cuyas tablas del
suelo de adivina el agua turquesa. Pisar el mar. Un orgasmo para los sentidos que se ve repentinamente interrumpido por la aparicion de una ola que se eleva en el horizonte y que crece sin parar. La masa se agua de un fascinante color turquesa me cautiva mientras escucho los alaridos de la gente que huye despavorida. Siento su fuerza a medida q el
suelo vibra más y más. No siento miedo, es más, abro mis piernas para no perder el equilibrio y me preparo para recibir aquella majestuosa montaña de agua. Ya llega y se desliza lenta y elegantemente por debajo de la terraza elevandola
como a una tabla de surf. Hago esfuerzos por mantener el equilibrio, mientras disfruto del baile intenso que se da entre la ola y las tablas de madera. Sonrio y grito de felicidad al mismo tiempo que veo cómo la gente sigue realizando infructuosos intentos de huida. Y asi, tal
como apareció, se va la majestuosa masa d agua de color turquesa. Se aleja y nos deja en una terraza de madera ahora medio destartalada que vuelve a posarse donde estaba. Serenamente despeinada. Así, como esas emociones que de repente aparecen, te sacuden y te dejan placenteramente agotada una vez se van. 
               -------------

Primer ejercicio del 
Curso de Creación Literaria 2016 en la Escuela Literaria.
Pauta: Sueño desde un sueño. 
Tiempo: 1 hora.

viernes, 4 de noviembre de 2016

El cojo.

- ¡Uf, me quedé dormida! ¿y esto?. - Escuché decir a Sonia a la par que se metía los dedos en la boca para sacarse algo que le molestaba. Un pelo púbico. Millones de imágenes eróticas se agolparon en su mente. De un brinco saltó del sofá roñoso y, colocándose la ropa, comenzó a buscar al desconocido con el que se acababa de acostar. Percibió el olor fuerte a sexo en su rostro y en sus manos y se estremeció recordando el intenso orgasmo que había experimentado hacía sólo unos minutos. Se le aceleró la respiración sólo con recordarlo, se dio cuenta y sonrió para sus adentros al escuchar cómo un cálido: - mmmm.... - se le escapaba de entre los labios. 
Cuando abrió la puerta de la caravana para salir a buscarlo por el camping, se lo encontró de  frente con dos vasos de café y una salchicha. Sus miradas dijeron todo lo que sus bocas callaron para gritarlo a besos.

--------

Segundo ejercicio.
Pauta: Microrrelato sobre un despertar.
Tiempo: 10 minutos.
Curso de Creación Literaria 2016.
Escuela Literaria La Laguna.

miércoles, 30 de marzo de 2016

Resaca emocional

Ocurre que cuando compartimos intensamente con alguien o con un grupo de personas, una vez terminado el
encuentro, siguen llegando a nuestra mente, corazón o entrañas, los ecos de ese momento ya pasado. Se me ocurre llamarlo resaca, pues a medida q pasan los días, al igual que con la jaqueca, la intensidad de dichos ecos suele amainar, a no ser que, nos quedemos apegados a ellos. He aquí el quid de la cuestión. Abrirnos y dar la bienvenida a nuevas experiencias en nuestras vidas y aprender  a despedirlas cuando éstas terminan. Entender que nada el lineal y eterno, sino flutuante y pasajero. Dejar entrar y dejar salir. Aprender a despedirnos de todo lo q la vida nos va poniendo en el camino para que aprendamos y experiementemos. Si no aprendemos a soltar, nos terminamos aferrando y nos cerramos a que nuevas experiencias lleguen a nuestras vidas para seguir nutriéndolos y evolucionando. Se trata de entender la vida de forma cíclica, como un vaivén, como las nubes del cielo que cambian a cada segundo, están ahí pero nunca de la misma forma. El mar esta ahí, pero nunca es el mismo, todo cambia aunque permaneza su esencia y, nosotros, también cambiamos. No es fácil aceptar este concepto en nuestras vidas porque genera incertidumbre, vulnerabilidad, exposición  continua y no estamos educados para bailar con una pareja de baile tan cambiante; tan viva, tan espontánea. Necesitamos la seguridad, lo fijo, lo inamovible, lo invariable, para sentirnos cómodos y tranquilos. Como en el aula escolar donde despediciamos gran parte de nuestra etapa infantil: tan cuadrada, con pupitres iguales y sillas iguales, donde los niños nunca cambian de lugar. Un lugar donde si se genera algun cambio, todos lo ven, lo juzgan y lo condenan. 
Pienso en algún ejemplo de elemento natural que no sea cambiante y no encuentro ninguno. Ni siguiera las piedras, pues ellas tambien bailan al son de los agentes externos para convertir el baile en una pieza maestra eternamente cambiante. 
Se trata, pues, de aceptar, integrar e incorporar en nuestras vidas la transformación que estamos benditamente condenados a sufrir desde que nacemos hasta q morimos para volver a nacer o qué se yo. Cambio, transformacion, movimiento; eso es la vida. Bailar y bailar al son de los cambios: recibir y soltar, abrir y cerrar. Aprender a despedirnos. Aprender a bienvenirnos.

Adios y Hola. 

jueves, 13 de diciembre de 2012

Cuenta atrás.

Vengo llegando de la Isla de Chiloé (sur de Chile) y de repente me doy cuenta de que es 13 de diciembre. Pero, ¿en qué momento se fue noviembre? El tiempo voló. No sólo los diez días que pasé en la isla, que parecieron un suspiro, sino el año de viaje y aventuras que ayer mismito planificaba hoy toca su fin. No me puedo creer que en unos días esté pisando mi tierra de nuevo, que en unos días esté mirando directamente a los ojos de mis hermanas, mis padres, mis sobrinas, ¡mi perra!, mis amigos... y que esté a sólo unos centímetros de abrazarlos. No me lo creo.
Extrañé esos abrazos muchísimo los primeros meses de vagamunda y ahora se me hacen tan lejanos. Es contradictorio. He estado en lugares desconocidos y rodeada de tanta gente desconocida por tanto tiempo que se ha vuelto familiar y, ahora, no sé como va a ser estar de nuevo en mi tierra rodeada de gente conocida.
Me siento distinta. Este año de viaje me ha cambiado y me ha hecho crecer y ver la vida desde otras perspectivas, desde otros ángulos. Cuando me fui de Tenerife me costó asimilar la ruptura de rutinas, de horarios, de costumbres. No tener nunca mi propio espacio, tener que adaptarme a las comidas y alimentos del lugar donde estaba, no disponer de un profesor de taichi cerca donde practicar, no poder darme un baño en el mar cuando mi cuerpo me lo pedía. Así mil cosas que forman la vida de uno; el día a día consciente e inconsciente que te atrapa o te libera y del que te desprendes cuando decides salir a viajar sin planes ni estructuras. Se echan de menos muchas cosas o hábitos cuando uno está afuera. Pero uno se acostumbra y yo ya me acostumbré a vivir sin casa, a vivir entre desconocidos, a vivir sin una rutina fija y sin obligaciones. Entonces, ahora que vuelvo, qué se supone que va a pasar. He aprendido muchas cosas durante el viaje y tengo miles de ideas y de proyectos en mi cabeza, pero también me asusta intentar llevarlos a cabo, me asusta fracasar. Me fui para dejar una vida que no me llenaba y ahora, emprender una nueva, me llena de miedo.
Mi viaje ya había alcanzado un ritmo en el que me sentía cómoda y segura con la incertidumbre del día a día, cómoda sin planes y libre de compromisos. Me asusta romper con todo eso que logré asimilar y regresar a casa. Mi familia me espera impaciente, algunos de mis amigos también, y yo estoy asustada porque me acostumbré a vivir viajando y no sé si me adaptaré a vivir de nuevo allí.
No sé qué me depara la vida cuando llegue y estoy hecha un flan, pero cuando respiro profundo y cierro los ojos hay algo que tengo claro, y es que, en unos días estaré rodeada de gente a la que quiero y que me quiere y eso me hace feliz. El resto, a pesar del susto que me invade, ya se verá. Mejor no crearme expectativas y dejar, como hasta ahora, que las cosas vayan fluyendo y no correr, sino caminar por la vida que es demasiado hermosa para vivirla corriendo.
Nos vemos en nada Canarias!!!

Besos asustados, pero felices también.

martes, 27 de noviembre de 2012

Secretos isleños

Rapa Nui sigue mostrándome los secretos que la hacen tan mágica... y está logrando que me enamore de ella.

Ahí van algunos:

Foto I: Escuchar el mar a todas horas.
Foto II: Amanecer desde Tongariki, Rapa Nui.
Foto III: Flor nativa.
Foto IV: : Cráter del volcán Rano Kau y su interior lleno de agua dulce de lluvia. De aquí se abastece de agua potable la capital Hanga Roa.
Foto V: Luna sobre el Pacífico.

miércoles, 21 de noviembre de 2012

Rapa Nui: mucho más que Moais.

Rapa Nui es un triángulo que mide no más de 17x25x15 Km; una isla muy pequeña y, sin embargo, archiconocida debido a sus misteriosos Moais.
La verdad es que vine aquí porque, una vez, cuando estaba en el colegio, vi en algún libro de geografía e historia una foto de los Moais y de inmediato me llamó la atención, sólo bastó leer las palabras: Rapa Nui, isla y mares del sur para que se disparara en mí la fantasia y el espíritu aventurero. Desde entonces quise venir, pero debo admitir que ahora de adulta, pensé que una isla llena de Moais podía volverse un poco aburrido. Aún así, decidí probar suerte y cerrar mi viaje como Vagamunda aquí. Volé las cinco horas desde Santiago de Chile decidida a pasar 10 días de descanso y de reflexión sobre todo lo aprendido y experimentado en este año y, de paso, ver algún que otro Moai. Pues hoy es el cuarto de diez días y ya siento que se me quedan cortos. Esta diminuta isla esconde mucho más de lo que vende. Sobra hablar de la belleza geográfica; de sus acantilados, volcanes, bahías y playas de arena blanca; de sus aguas cristalinas que van del azul más marino al idílico turquesa. Uno puede perder semanas disfrutando de eso. Pero resulta que hay muchísimo más que paisajes y playas. Además de Moais repartidos por toda la isla, hay cuevas enormes y extensas que recorren la isla bajo tierra, hay una flora bellísima, un pueblito, Orongo, que parece de otro mundo, hay caballos por todas partes, ¡y vacas!: en la misma playa y en la carretera. Además, se siente la primavera del hemisferio sur y toda la vida que trae, pues la mayoría de las yeguas y vacas, o están embarazadas, o ya parieron y tienen a sus potrillos y terneros bien pegados a su lado o amamantándolos. En varias ocasiones me he parado a mirar a las yeguas y sus potros y el tiempo ha volado estando yo absorta en su gestos, sus movimientos, su rutina de vida, algo tan ancestral que de repente yo siento tan novedoso. Y me pregunto por qué, y me doy cuenta de que hoy en
día todo el contacto que tenemos con animales es a través de la caja tonta. Por eso cuando veo en vivo y en directo cómo un potro busca las tetas de su madre y cómo las succiona fuerte, se me eriza la piel de la emoción. Darme cuenta de que puedo entender el lenguaje entre ellos con sólo observarles un rato, me deja helada y no es porque yo sea "susurradora de caballos", ni la "líder de ninguna manada", es que se trata de un lenguaje universal, el lenguaje entre madre e hijo; la protección y el cuidado de una y la mezcla entre ingenuidad, susto y curiosidad del otro. Es todo tan natural, tan básico, tan íntimo, que es simplemente maravilloso. Lo mismo
ocurre con los pájaros, hay halcones, o algo parecido, por todos lados, sientes, o bien, que te siguen, o bien, que te guían. Es extraño, pero de repente es como si notara la naturaleza más presente; a cualquier lado que mires algo hay y ahí te quedas, horas, mirando primero, observando, estudiando y sonriendo, después. Y así pasan los días en Rapa Nui y no te enteras de en qué se fueron, pero te sientes bien, muy bien, con mucha paz y muy conectada al día , a la noche, a los
ciclos. Sin saber por qué, aquí me acuesto con el
sol y me levanto con él. Me da tiempo de hacer yoga, de darme un baño, de desayunar con tiempo y aun tengo todo el día por delante para hacer todo o nada. El sol rige mis horarios y eso me conecta conmigo y me
sensibiliza con todo el entorno de una manera brutal. Como dije, duermo en tienda de campaña y cada mañana escucho los gallos cantar y también los pajarillos. Ahora ya es de noche y ellos duermen, le toca el turno a los grillos y a algún que otro perro vigilante. Mi turno de dormir pasó hace un rato ya, pero aquí estoy, escribiendo todo esto que estoy viviendo y que me tiene sorprendida y feliz. Me quedan por contar aún más secretos que esconde la isla, pero el sueño me gana la partida por hoy.

Un beso de buenas noches.

Foto I: caballos pastando
F.II: Flor
F.III: Volcán Rano Raraku
F.IV: Cueva Ana Kai Tangata
F.V: Atardecer en acantilado
F.VI: Cueva Ana Kakenga
F.VII:Cueva Ana Te Pahu
F.VIII: Moais
F.XIX: Playa Anakena

lunes, 19 de noviembre de 2012

Rapa Nui: tierra de Moais.

Bueno, bueno, bueno...parece que por fin terminé de armar la tienda de campaña. Siempre me consideré rápida montándolas, pero la verdad es que nunca había tardado tanto en colocar una.
Aterricé en la lejana y aislada Isla de Pascua hace tres horas y montar la carpa es lo único que he logrado hacer desde entonces. Llegué a las 21:00 al diminuto aeropuerto de la isla donde me esperaba el dueño del camping con un collar de flores de bienvenida. Fue emocionante lo del collar, junto con el techo de paja y madera del aeropuerto, me hizo recordar que efectivamente me hallaba en una isla polinésica. Me sentí princesa por minutos hasta que me subí a la camioneta del señor y nos trasladamos al camping donde tengo pensado pasar mi estancia. Y digo tengo pensado y no lo afirmo, porque al aterrizar llovía y no sé si mi tienda de campaña barata aguantará chaparrones subtropicales... ya les iré contando.
Así que, como ya era de noche y había amenaza de lluvia, me olvidé de mi collar de flores polinésicas y aproveché para montar rápido la carpa antes de que volviera a caer agua. Busqué a tientas un sitio en la oscuridad que me pareció recto y sin piedras y saqué todo: monté los palos, puse las piquetas y cuando ya no quedaba sino el último palo del toldo delantero, vi que estaba roto y recordé que se me había roto la última vez que había ido de camping. Mierda. Tenía que arreglarlo. Si llovía, necesitaba que ese palo realizara su función y canalizara el agua y, si se levantaba viento, le daba estabilidad y firmeza al resto. Le pedí material al dueño y después de una hora logré reparar el palo, pero cuando regresé a la carpa ya la noche se había cerrado mucho y no veía nada; necesitaba la linterna. Maldita la hora que la encontré, la encendí y alumbre al suelo donde había estado montando la tienda a oscuras, ¡estaba lleno de cucarachas y bichos! Ay, que asco sentí y de repente todo el cuerpo me empezó a picar. Grrr... intenté relajarme y respirar y pensar que no pasaba nada, pero la verdad es me puse nerviosa y no iba a lograr dormir allí ni de broma; ¡ya había una subiendo por la tienda! Empecé a buscar otro lugar donde acampar, ésta vez con linterna, y vi que no había casi cucas en otros lados. Qué raro, pensé. Pero sí, parece que había elegido el lugar a dedo: acampar sobre el nido de cucarachas. Bendita mala suerte. Cogí la mochila, la tienda montada y todo lo demás y me moví a cualquier lugar. No me
importaban ya ni las piedras, ni si el terreno era llano, ni la lluvia, sólo quería que no hubiera cucarachas.
Cuando terminé de instalarme estaba sudando y aún un poco histérica, intenté respirar y recordar dónde estaba y disfrutarlo, pero no funcionó. Me sentía nerviosa y con ganas de contarle a alguien el asco me dan las cucarachas, así que, aquí estoy; contándoselo a ustedes y relajándome poco a poco. Ahora mi preocupación es otra: la amenaza de lluvia. Me compré la tienda a finales de verano en España, estaba de oferta y era pequeña y ligera, que era lo único que me importaba en ese momento. Un chollo, pensé. La primera vez que la monté, vi que no tenía cobertor de lluvia y pensé que no importaba porque en Sudamérica empezaba el
verano, así que, no me
iba a hacer falta. Y, efectivamente, esa primera vez que la monté y dormí en ella no llovió, pero se me escapó un detalle; estaba a casi 3000m de altura sobre el
nivel del mar y por la noche la temperatura bajó tanto que casi me
congelo viva. No dormí nada y las noches restantes logré dormir porque me metia dentro del saco con tres pares de pantalones y con todos los suéters que llevaba y con la chaqueta encima. El cobertor de lluvia me hubiera aislado bastante en ese caso. En fin, de eso ya casi ni me acordaba. Y ahora díganme algo: ¿quién se hubiera imaginado que, habiendo estado en Santiago de Chile a 33°C y con un sol que raja las piedras, llegaría a la Isla Polinésica de Pascua y habría tormenta? Yo, la verdad, es que no y ahora estoy sufriendo las consecuencias de mi ingenuidad. Si llueve esta noche y la tienda no es impermeable, me voy a cagar en mi madre. Así que, estoy rezando para que llueva mañana, a la luz del día y preparada con todo afuera de la tienda por si resulta no ser impermeable.
Buenas noches a todos y recen un poquito tambien, porfa...
Ojalá estuviera bajo un techito ahora mismo....zzzzzzzzz........